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20 DE NOVIEMBRE
La Soberanía

  21 de noviembre de 2016 (Revista Pepe Rosa - DERF)  Hora: 16:08  

¡Que los parió a los gringos / Juna gran siete! / Navegar tantos mares / Venirse al cuete


Cuando la tarde del 20 de noviembre de 2011, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, acompañada de una multitud nunca vista en esos parajes, inauguró el monumento a la Batalla de la Vuelta de Obligado, la emoción que embargaba a los asistentes impidió que se percataran que, en las primeras filas, unas docenas de argentinos y argentinas que habían superado la edad de la jubilación, lloraban copiosas lágrimas sin poder contenerse.

Éramos pocos. Seguramente la tercera generación de revisionistas convencidos, que bendecíamos el privilegio de estar presentes en ese momento y en ese lugar.

No faltó el “historiador” oficial que consideró a las cadenas de Obligado como símbolo de la condición tiránica del gobierno de Rosas

De ningún modo tienen estas palabras la pretensión de una exclusividad de derechos sobre la recordación de la gesta gloriosa. Al contrario. La incontenible euforia de esos viejos llorones se alimentaba –más que en la construcción del monumento, la celebración de la fecha, el canto del Triunfo de Obligado, y el discurso de la presidenta que presidía el acto- de la inmensidad de la masa concurrente.

Sentíamos que estábamos pagando una vieja deuda que teníamos con  muchos ausentes, que tal vez nos estuvieran mirando desde otros espacios: Adolfo Saldías, Manuel Gálvez, Dardo Corvalán Mendilaharzu, Julio Irazusta, Fermín Chávez y, sobre todo nuestro querido maestro Pepe Rosa. Aunque más que con ellos, que tanto habían hecho para lograr este acto de justicia, la deuda mayor era con Lucio Mansilla, Petrona Simonino, Josefa Ruiz Moreno, Rudecinda Porcel, Carolina Suárez, Faustina Pereira, Álvaro Alzogaray, Juan Bautista Thorne, Ramón Rodríguez, Tomás Craig, Facundo Quiroga, Sabino O’Donnell, con los combatientes que cayeron o no cayeron, pero resistieron heroicamente a las dos flotas más poderosas del mundo, y desde luego a Don Juan Manuel de Rosas. El lúcido y tenaz conductor de esa Confederación Argentina que no estaba dispuesta a ceder un palmo de su soberanía.

Pero si hubo héroes y patriotas en Obligado, también había cómplices de la agresión imperialista. Poco tardó el decano del periodismo vernáculo, La Nación, el diario que al decir de Homero Manzi dejó Bartolomé Mitre de guardaespaldas pos mortem, en manifestar su desacuerdo. Ocho días después manifestaba su indignación en un artículo que respondía a la falsificación de la Historia que demandaba en 1857 el diputado Nicolás Albarellos en el juicio por traición a la Patria seguido contra el depuesto Restaurador: "No puede librarse a la Historia el fallo del tirano Rosas. ¿Qué dirá la Historia cuando se vea que la Inglaterra ha devuelto a ese tirano los cañones tomados en acción de guerra y saludado su pabellón sangriento y manchado con una salva de 21 cañonazos?

¿Que se dirá en la Historia, y esto es triste decirlo, cuando se sepa que el valiente Almirante Brown, el héroe de la marina de guerra de la Independencia, fue el Almirante que defendió la tiranía de Rosas? 

¿Que el general San Martín, el vencedor de los Andes, el padre de las glorias argentinas, le hizo el homenaje más grandioso que puede hacerse a un militar entregándole su espada?

“Más bien he creído no tirase usted demasiado de la cuerda de las negociaciones seguidas cuando se trataba del honor nacional”

 ¿Se verá a este hombre, Rosas, dentro de 20 o 50 años, tal como lo vemos nosotros a 5 años de su caída, si no nos adelantamos a votar una ley que lo castigue definitivamente con el dicterio de traidor?[1]

No señor, no podemos dejar el juicio de Rosas a la Historia, porque si no decimos desde ahora que era un traidor, y no enseñamos en la escuela a odiarlo, Rosas no será considerado por la Historia como un tirano, quizá lo sería como el más grande y glorioso de los argentinos".

En el artículo de la autodenominada Tribuna de Doctrina  Luis Alberto Romero, que ya había manifestado su adhesión a los derechos de los ocupantes de nuestras islas Malvinas, afirmaba: “El Estado asume como doctrina oficial la versión revisionista del pasado. Descalifica a los historiadores formados en sus universidades… con métodos que recuerdan a las prácticas totalitarias. Palabras, quizá, pero luego vienen los hechos”. No era la primera vez que Romero se manifestaba con expresiones admonitorias contra la interpretación revisionista de nuestro pasado. Ya había dicho, refiriéndose a las guerras coloniales que la Argentina soportó en las décadas de 1840 y 1850 que lamentaba que “se festejara una derrota”. También afirmaba que “se llegó a un acuerdo muy honroso…, en el que Rosas obtuvo lo que no pudo lograr en el campo de batalla. Celebremos pues el éxito pacífico de la diplomacia y no el fracaso de la guerra.”

¡No pasarán impunemente! General Lucio Mansilla

El problema es que guerra y diplomacia eran una unidad. Una guerra es siempre una calamidad, pero hay guerras inevitables, sobre todo cuando se nos vienen encima las dos primeras potencias de la época, ayudadas por cómplices nativos. De la crítica parece surgir la idea de que el “tirano” fracasó con los cañones, y eligió después la diplomacia.

Un perro es: patas, cuatro, orejas, dos, cola, una. Total siete.

Es algo parecido a lo del alumno del maestro Firpo que decía que un perro era cuatro patas, dos orejas y una cola. El perro es un animal, que tiene patas, cola y orejas.

El conflicto con los imperios tuvo batallas y diplomacia. Era una guerra colonial en la que se enfrentaban un imperio –dos, en este caso- con un país pequeño. Los agresores buscaban una ganancia, pero el costo no debía superar al beneficio esperado. 
Obligado fue el punto culminante de esa guerra. En ella se destacó el heroísmo de los guerreros argentinos. Pero las guerras contra las potencias no se ganan sólo con heroísmo. No menos necesaria es la conducción de un estadista que, como Juan Manuel de Rosas, apoyado por su pueblo, condujo con firmeza y talento la lucha contra las dos potencias de su época. Y aunque los barcos enemigos hayan pasado, tras un día entero de batalla desigual, “aguas arriba del Paraná”, como dice la canción, Sus diplomáticos debieron presentarse en Palermo con la cola entre las piernas a negociar con la Argentina sin poder lograr lo que obtenían –también a la fuerza- en Indochina, Argelia, China o Méjico.

Es cierto que había argentinos que tenían, como decía Romero, “opiniones diferentes sobre cómo organizar el país”, aunque es lamentable que quienes las tenían hubieran gestionado la intrusión anglo francesa y, muchos de ellos, disfrutaran del espectáculo de Obligado desde la borda de los barcos invasores. Esto fue juzgado por San Martín lamentando que hubiera “americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria.”

Florencio Varela. “había argentinos que tenían opiniones diferentes”

Y que vieron la batalla bajo las banderas invasoras

Es conocido el juicio del Libertador cuando escribió a su amigo Tomás Guido: “Ya sabía la acción de Obligado; ¡que iniquidad! De todos modos los interventores habrán visto por este échantillon  que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”….”esta contienda, que en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España”.

Ya en su testamento había establecido que “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sur le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido de ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

No es tan conocido el comentario en carta a Rosas, después de conocerse la victoria en la guerra: “No vaya a creer por lo que dejo expuesto, el que jamás he dudado que nuestra patria tuviese que avergonzarse de ninguna concesión humillante presidiendo usted sus destinos; por el contrario, más bien he creído no tirase usted demasiado de la cuerda de las negociaciones seguidas cuando se trataba del honor nacional

La historia oficial había obligado a postergar el homenaje. En los ’40 y los ’50 del siglo pasado, José María Rosa y sus seguidores comenzaron la campaña para dar el nombre de Día de la Soberanía al 20 de noviembre. Cuando el Congreso Nacional sancionó, en 1974, la ley 20.770 y, más aún, cuando el 3 de noviembre de 2010 por el decreto 1584 se estableció el 20 de noviembre como “Día de la Soberanía Nacional”, con carácter de feriado nacional, se llagaba a un resultado que no había sido fácil.

El 20 de noviembre de 1953 se realizó la primera conmemoración oficial convocada por el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Aloé.  La contrarrevolución de 1955 postergó la inminente consagración de la fecha.

El 20 de noviembre de 2010 se pagó una deuda de honor con los héroes de Obligado. Y  las lágrimas de que hablábamos antes, expresaban la inconmensurable emoción que vivíamos al sentir que algo habíamos hecho para que se pagara.

 

Enrique Manson

 


[1] También Perón fue acusado de traidor a la Patria en los años 50. Y también, en nuestros días, existen quienes pretenden repetir la acusación a la estadista que detestan.

 


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